Nunca se pierde
lo que se ama.

Recuerdo mis noches
de niño en la estancia:
un fragor de río,
de esteros, de agua;
el roce en el aire
de voces lejanas;
el pulso liviano
del reloj de la casa
y la sombra levísima
y clara
de mi madre trayéndome
un vaso de agua.

Nunca se pierde
lo que se ama.

¯


A un solo pensamiento
regresan las memorias
que a la infancia del aire se encendieron.

De cuando el agua lustra las espigas
y la niñez dorada del cabello;
de cuando no sabíamos
que hay un oscuro anhelo
y se queman los ojos
que se asoman al humo del misterio.

(sigue)



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